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MagnÃfico ejemplo de lo que fueron los conventos de fraile observantes, como opuestos a los misioneros. La actividad contemplativa que ejercÃan sus moradores, tal vez explique diversas circunstancias que distinguen a este convento de las otras grandes edificaciones que seguramente el lector interesado ha visitado ya.
    Estas caracterÃsticas son: su emplazamiento en un lugar fÃsicamente aislado y alejado de los caminos transitados y de todo asentamiento humano de relevancia; las dimensiones de sus espacios, sensiblemente menores si se les compara con los espacios de otros conventos del siglo XVI y por último, la ausencia de capilla abierta. Como el propósito de los religiosos en Tlacochahuaya no era la evangelización masiva de los naturales, no tenÃan la necesidad de este elemento arquitectónico en su convento. Dedicaron el convento a la honra y gloria de San Jerónimo.      Y asà tenÃa que ser porque la Iglesia le tiene por el mayor de sus grandes doctores en la exposición, la explicación y el comentario de la divina Palabra. Consagro el Santo su vida a la práctica y ejercicio de la perfección cristiana y a la contemplación cuando por voluntad propia se retiró al rincón remoto de un árido y salvaje desierto quemado por el calor de un sol tan despiadado que asusta hasta a los monjes que viven ahÃ, pero que a mi me parecÃa encantarme en medio de los deleites y las muchedumbres de Roma... y pude domar mi carne con los ayunos durante semana enteras...     Por todo esto, la figura principal de las que decoran la modesta fachada del templo, es la de San Jerónimo en oración, acompañado de un león al cual el Santo extrajo una espina clavada en una de sus patas y el animal, agradecido le siguió siempre en sus soledades. El claustro de dos plantas y masivos apoyos acusa el carácter antisÃsmico de la mayorÃa de construcciones del Valle de Oaxaca.     Resalta la sencillez y hasta pobreza del conjunto, como corresponde a un sitio de meditación y ascetismo. Tal parece que la decoración se la dejaron a la imaginación popular y esta se desbordó en el interior del templo, haciéndolo uno de los ejemplos mejor logrados en la región.     La decoración policroma de flores, de jarrones, arcángeles o evangelistas, cubre por entero la bóveda, derramándose por los muros laterales hasta una parte de los retablos y ni el antiguo órgano que está en el coro escapó a esta desbordada lluvia de color. En el gran atrio, tuvo este convento cuatro capillas posas, una en cada esquina, al igual que muchos otros del siglo XVI. En ellas se posaba al SantÃsimo durante las procesiones que se realizaban fuera del templo, hoy sólo quedan tres.
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